miércoles, 27 de septiembre de 2017

     Cuando cumplí siete años me llevaron mis padres al Colegio de los Trinitarios, y nos recibió el padre Joaquín, padre maestro y encargado de la clase, que contaba con 40 niños y tenían edades comprendidas entre los siete hasta los dieciseis años. Tres cursos antes había ingresado mi hermano Joaquin quien destacaba en la clase por su inteligencia y era muy apreciado por el profesor.  En este colegio comencè a hacer amigos de la niñez, los cuales hoy después de muchos años, aún conservamos lazos de amistad y compañerismo muy profundo.

     Pasados tres años trasladaron al padre Joaquin, ya algo mayor,  a un convento de Antequera (él era vasco concretamente de Vergara), este fraile era muy adelantado para su época y enseñaba muy bien. La base de mis conocimientos que me sirvieron como cimientos para después en mi vida de estudiante y profesional en el trabajo se los debo a él.

     Se incorporó un nuevo profesor que fué el Padre José Manuel, natural de Campo de Criptana (Ciudad Real), yo ya tenia diez años y entablamos una relación de profesor, guia espiritual, confesor, conmigo que era su alumno preferido de la clase.

     Por aquel entonces me llegó una  luz espiritual que yo lo tomé como vocación sacerdotal y se lo comenté al padre José Manuel, y por supuesto a mis padres.
Estos al principio de comentarles lo que me gustaría hacer, se quedaron indecisos, pero más tarde y con el tiempo, tras informarse de otras personas con más experiencia, decidieron darme su consentimiento para ingresar en un colegio de "Serafinillos" , en Alcazar de San Juan (Ciudad Real). Este acontecimiento destacable en mi vida sucedió en el año 1.954, estuve durante dos cursos y medio, hice el ingreso y  primero en un curso,  segundo de bachillerato y cuando comencé tercero, me tuve que venir mi casa,  por problemas de salud, me fui quedando muy delgado. Eran los años de escasez de la pos-guerra y gracias a que nos llegaba de los americanos, leche en polvo, mantequilla y queso, nos manteniamos. 
   
      Me quedan muy buenos recuerdos de ese periodo de tiempo que fué vivido muy intensamente, durante esos dos años y algo, que estuve aislado de mi familia, porque solo venia a visitar a mi familia una vez al año (20 días).

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